Llegué al aeropuerto, cansado, pero con muchas ganas de
verla. Habían pasado ya demasiados meses desde que se había ido pero la había echado
de menos desde el segundo después de que se subiese a ese avión. Sabía que aún
faltaba una hora para que el avión en el que viajaba aterrizase, pero había
preferido llegar con antelación. Aparqué el coche en el parking y subí tranquilo
por las escaleras, tenía demasiado tiempo como para coger el ascensor y hacia
ya un par de semanas que no hacía deporte así que no me iría mal subir unos
cuantos pisos. Encontré una pequeña tienda de flores justo entrar en el hall
del aeropuerto, la misma que le había parecido tan llamativa a Carlota cuando
vine a despedirla. Entré en la tienda con una tímida sonrisa y enseguida me
enamoré de un gran ramo de rosas rojas que había en una estantería del fondo. La
mujer de la tienda me miró contenta y dijo;
-¿Le gusta ese verdad? – dijo señalándome el ramo con una
gran sonrisa.
-Como para no gustarme, es sencillamente precioso. – le dije
sin bacilar.
-Estoy completamente de acuerdo con usted, se trata de un
ramo hecho con mucho amor y estoy segura de que a esa chica le va a gustar. –me
soltó la señora mayor, propietaria de la tienda, con una discreta sonrisa.
-¿Cómo sabe que es para una chica? –dije boquiabierto.
-Sabrás chico, que llevo muchos años en este negocio, y he
podido ver en su cara y su sonrisa que al ver ese ramo no ha pensado en su
madre, ni una amiga, sino en alguien mucho más especial…
-Tiene razón. No aguantó más, me lo quedo. –le dije sin tan
siquiera preocuparme por el precio.
-Aquí tiene, y no se preocupe que ahora mismo le pongo un gran
lazo para que sea todavía más bonito si puede.
La señora me dijo el precio y enseguida saqué de mi cartera
un billete de veinte casi suplicándole que se quedase el cambio, por la
amabilidad y porque me parecía demasiado poco precio para unas flores tan
bellas. Salí de la tienda con una sonrisa aún más grande de la que tenía antes de
entrar y fui andando con ramo en mano hacia la primera cafetería que vi para
pasar el rato.
Media hora más tarde sonó por los altavoces el anuncio de
que el vuelo procedente de París acababa
de aterrizar, me levanté de inmediato provocando que casi se me cayese el ramo
de las manos, cogí el móvil de la mesa con las manos temblando y fui de cabeza hacia las pantallas que
anunciaban las llegadas.
Me puse a andar hasta donde salía el equipaje, ya que supuse
que Carlota tendría que recoger esa gran maleta que había llevado a su viaje,
más cargada de tonterías que de cosas necesarias, pero vaya, así era ella. Me
coloqué en la puerta, ansioso por ver llegar esa gran sonrisa que hacía mis
días un poco menos duros, pero nervioso a la vez por verla de nuevo después de poco más de seis meses.
De pronto, pude divisar a lo lejos esa melena color rubio
oscuro y esos ojos verdes acercarse con una gran maleta gris en mano, era ella.
Vi que venía en mi dirección, pero que no había notado para nada mi presencia
más allá del cristal que nos separaba.
Pero algo extraño ocurrió, mientras ella se iba acercando
más y más a mi un hombre que no conocía se acercó de golpe por detrás suyo, la
abrazó y le dio un beso. No pude articular palabra, ni mover un triste músculo
de mi cuerpo. Me quedé parado. ¿Quién era ese? Y, ¿por qué parecía Carlota, mi
novia, tan feliz con el hecho de que ese tipo le diese un beso y la abrazase?
No pude hacer más que dar media vuelta, no podía dejar que
ella me viese y menos montar ningún tipo de numerito en medio de un Aeropuerto
internacional. Me sentía triste y decepcionado, y a la primera papelera que
encontré, dejé caer el precioso y malgastado ramo de rosas dentro.