Hay muchas maneras de querer a una persona. Pero la suya era especial. No era la manera habitual de la que quieres a alguien. No le quería como a un familiar, ni como a un amigo, ni como a tu pareja. Era una manera loca, sin reglas, libre e inigualable. Era increíble y brutal. Cada segundo y cada instante juntos era una nueva forma de quererse. Era riesgo, pasión, rebeldía, pero sobretodo amor. Amor de verdad. Amor del que duele en el pecho si pasas mucho tiempo sin esa persona. Amor que sientes hasta en los dedos de los pies cuando te besa. Estaban locos el uno por el otro y eso nadie podía negarlo. Necesitaban el roce de sus cuerpos a cada instante, el tacto de sus bocas y el susurro de sus labios. Podían tocar el cielo, las estrellas y hasta las galaxias más lejanas cuando estaban juntos. Y si estaban separados, cada guerra parecía poco para el dolor que sentían. Se amaban sin rencores, cuerpo a cuerpo, corazón a corazón, sin limites, ni condiciones, ni puntos finales. De una forma extraña, rabiosa y excitante. Como un pez al agua, como pájaro a volar, como enfermo a medicina. Eran una droga el uno para el otro, una puta droga. Jeringuillas de amor clavadas en sus venas para seguir en este mundo. Sus almas juntas eran puro éxtasis. Eran diferentes a las otras parejas, pero nunca se había visto un amor tan real y puro como ese.

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